domingo, 26 de abril de 2020

IMAGINA . . .

Capítulo III 
Era un grupo de cetáceos importante, se veían muchas crías de tres meses, más o menos. Recalaban todos los años desde Groenlandia, al comienzo de la primavera.
Necesitaban alejarse de los machos y buscaban alimento para amamantar; eran de las denominadas barbadas, es decir, sin dientes. Al abatir a las madres, se podían cazar mejor las crías de ballena. Bajaron los botes y se instalaron en ellos los tripulantes, el arponero, sus dos ayudantes, el timonel y el sangrador, todos servían de apoyo para rematar. Remaron fuertemente hasta llegar al cetáceo. Comprobaron el carretel por última vez.

-Vamos, todos a una. Boga, boga, vamos, va…; vira a estribor que hay un madero a flote.

Remaban con fuerza y la embarcación navegaba a buena velocidad, pilotada diestramente por el timonel, ayudándose con el remo sujeto a la chumacera de popa.
Consiguieron llegar a la altura de las primeras ballenas somnolientas.


-Acércate con cuidado, ponme a tiro de aquélla que está al lado de la pequeña, ésa que tiene una mancha blanca en la cola.

Se había puesto de acuerdo con Fredo, él arponearía a la menor una vez quedara sola. Igio, nuestro arponero, tenía ya 64 años, pero era el más experimentado. Se acercaron lo más silenciosamente posible; el batir de los remos era imperceptible.
Lanzó el arpón clavándolo en la parte más delicada del cetáceo, cerca de su sifón de respiración.


Al sentirse atacado y herido, el animal comenzó a huir hundiéndose en la mar buscando defenderse de la agresión. El cordel se desenroscaba pasando por la roldana del carrete a toda velocidad, el arponero lascaba la cuerda por el tolete a demanda de lo que tiraba el cetáceo. Las maderas del carel crujían, parecía que se iban a deshacer; era un sonido parecido al quejido nocturno de las puertas del castillo cuando el viento de oeste las empujaba. Había que tener precaución. En más de una ocasión faltó el chicote o le hubieron de cortar con el hacha, pues el animal tardaba en subir o se sumergía a mucha profundidad.
Toño cargaba el agua en cubos de madera para mojar las cuerdas, evitaba así que se quemaran por la fricción de éstas contra la madera o el carrete.


Entre gritos y resoplidos, se vieron transportados por el animal, nunca se podría remar a tanta velocidad como iban, ni siquiera lo conseguiría el velero más marinero.
El cabello se quedaba atrás y el aire azotaba la cara fuertemente. La proa de la embarcación se inclinó peligrosamente; fue en uno de los tirones del animal y entró bastante agua. En ese instante pensaron en tirarse por la borda. El patrón de la embarcación estuvo en un tris de dar la orden, pero al final mantuvo la serenidad y no cortaron tampoco el chicote del arpón a pesar del peligro.
Apenas quedaba ya cordel. La incertidumbre y el miedo se palpaban en aquella pequeña tripulación de cinco hombres. El sudor y el salitre empapaban sus cuerpos tensos. A medida que se secaban iba quedando en la ropa una especie de corteza. Olían a salitre y a sudor, incluso se dejaba notar el olor de lo que comieron poco antes de subir a bordo; era un olor ácido y profundo de mantequilla y queso.
Aquella resistente cuerda de cáñamo se estaba aflojando, se prepararon aún más.
Todo indicaba que la ballena subiría a respirar. El bote quedó parado. Se oía tan sólo, el chapoteo del agua y la respiración agitada de los hombres. Éstos no quitaban ojo a la guía que sujetaba el arpón clavado en aquella gran bestia.
La espera en silencio cortaba la respiración, les dolía el pecho por la ansiedad y el peligro cierto. Ignoraban el lugar por donde emergería la ballena. De pronto se produjo un movimiento en el agua, a unas veinte brazas.

-¡Calma, quietos los remos aún!, sujetadlos bien a los estrobos y poned las fisgas a punto. Por la forma de tirar creo que está floja de fuerzas, la herida debe ser mortal.
¡Toño, tranquilo, que va a subir, hombre!

-¡Allí, allí, a babor!, -gritó Toño muy excitado, era la primera vez que localizaba la salida a la superficie de uno de aquellos animales.

Sí, claro que subió. Lo hizo elevándose sobre la superficie envuelta en su propio remolino, formando burbujas y con la boca abierta, resoplando y emitiendo bufidos estertóreos. Aunque herida, todavía resultaba amenazante. Su aspecto imponía y erizaba el vello; la cola golpeaba con fuerza, y a Toño, los ojos se le salían de las órbitas. El salseo que formó al irrumpir en la superficie movió la embarcación de forma mareante. Al dejarse caer en su salto moribundo, produjo un oleaje que por poco hunde los botes.

-A ver, estad atentos por si se recupera, necesitará quince minutos para tomar aire y volver a hundirse, vamos remad con fuerza, –así gritaba Igio el arponero mientras enarbolaba con fuerza otro arpón en su mano izquierda.

Vieron con asombro el sol reflejado en los ojos oscuros y grandes de aquella ballena, parecía querer matarlos con la mirada. La veían elevada sobre el agua y eso la hacía aún más temible. Era enorme, y de la boca abierta, pendían cientos de barbas en su mandíbula superior que medirían por lo menos tres metros. Parecía el toldo desgarrado y fantasmagórico de alguna vieja vela. Olía fuerte la sangre que manaba abundantemente por la parte alta de aquel ancho lomo sin aletas. El olor salobre se le introducía a Toño por la nariz, mezclado con el agua. Al llegar a la garganta le provocó una arcada; los ojos le escocían, veía borroso por las salpicaduras y por la cortina de agua que se formaba al caer de su cabello empapado.
Observaron al acercarse que tenía razón Igio; el arpón estaba tan cerca del surtidor por donde expulsaba el agua para respirar, que se juntaba con la hemorragia de la herida.
Llegaron tres de los botes a su costado y asaetaron su gran cabeza para terminar con ella e inmovilizarla.

El sangrador intentaba eliminar de su cuerpo el máximo de sangre, así se conseguiría una carne más clara y mejoraría el precio de venta. Aquel espeso y rojo fluido se extendía por la superficie del agua, tiñendo todo a su alrededor de un color escarlata, convirtiéndose en un reguero ovalado arrastrado por la corriente.
Poco a poco fueron anudando cuerdas a su cola y pasando otras bajo su panza.
Lo conseguía buceando uno de los marineros jóvenes, de esta manera pasando bajo la ballena varios cabos que después distribuían a lo ancho del cuerpo del animal y lo ataban al costado del barco. Las ballenas no se hunden al morir, como pasa con otras especies.
A la pequeña la ataron de otra manera. Con un chicote lo suficientemente largo para rodear el ballenato, amarraron dos piedras a la anchura del contorno, tomando los cabos desde el carel del barco hasta uno de los botes, los pasaron primero bajo la cola y después, por debajo del animal; luego lanzaron desde el batel el otro extremo a bordo del barco y ataron, de paso, todas las cuerdas que aprovecharon a deslizar a la vez.


La extremidad era levantada en dirección a la proa de la nave y suspendida en alto fuera del agua; la cabeza hacía de este modo menos resistencia y era más fácil trasladarla.
Terminaron de afianzar las presas con cuerdas pasadas a través de agujeros hechos en la piel, sobre todo en la cabeza que, por su tamaño y por tener contacto con el agua, era la más susceptible de producir problemas. 
La ballena grande medía más de quince metros, casi la mitad del barco. El trabajo de amarre era agotador, sumado a un cierto temor. No sería la primera vez que un animal se recuperara e intentara escapar desarbolando el navío con movimientos bruscos. Fredo estaba abarloando al costado del buque con su grupo y acercando la cría muerta. Había sido un día de buena caza, según los cálculos del patrón, podrían sacar más de cien pipas de grasa, sin contar la excelente carne de la pequeña ballena.




La Asociación




Virgencita   de   la   Barquera
tú   de   las   flores   eres   la   flor
te   dedico   Madre   clemente
la   llama   ardiente   de   mi   canción

Tú   eres   mi   reina ,   Sí
Bella   rosa   de   amor
por   eso   siempre   a   ti
Dedico mi canción



de IMAGINA


sábado, 25 de abril de 2020

IMAGINA . .

Capítulo II
Hoy no llovía y el viento era favorable para navegar. La flota salió directamente, sin pasar por el espacio protector de la Peña Mayor y el Fuerte de Santa Cruz. Comenzaron la corta travesía con acompasados movimientos del agua, en un suave salseo.




El equipo de despiece quedaba a la espera, la mayoría eran esposas e hijos de los tripulantes que tenían preferencia para trabajar en tierra: las viudas de los marineros fallecidos y los ancianos, pero todos los habitantes colaboraban en el interés general, ya que así saldría antes el producto. El padre de Toño dirigía todas esas labores, comprobaba y mantenía las herramientas, preparaba las poleas de las grúas y tenía impecables los barriles, además situaba varios grupos con un cierto orden, trabajando en cadena para fundirlo cuanto antes. Gracias a su experiencia venderían más rápidamente
todas las partidas de grasa y carne. El año anterior habían conseguido una póliza de 300.000 reales.
Los jornales repartidos ayudaron a solucionar, en algunas familias, las faltas angustiosas de aquella complicada temporada, a pesar de las ayudas recibidas de la cofradía, pues el invierno había sido desastroso en las pesquerías. Tampoco contrataron a todos los tripulantes como jornaleros para preparar los viñedos y sembrados. En definitiva, había sido una larga parada invernal, que sumada a toda aquella primavera empobrecida y a las abundantes galernas, hubo hogares en los que se juntó con el hambre, alguna enfermedad, e incluso, padecieron plagas de parásitos y ratas.
Ese año, un cachalote entró a la ría y quedó varado en la playona del medio, con lo que pasó de cazador a cazado. También para ellos había escaseado la pesca y por eso se aproximaban tanto a comer cerca de la costa. Lo poco que había en el litoral, se lo comían ellos con esas dos grandes filas de dientes y no se conformaban solamente con pequeños peces.
Toño estaba enrolado en ese barco bautizado con el nombre de “La Gaviota”; llevaba a bordo los mejores arponeros de la zona, que aunque le costaran buenos reales al patrón, no le importaba demasiado, evitaban víctimas y perdidas de botes durante los peligrosos lances en la caza de la ballenas; compensaban con creces.
Cuando las ballenas se acercaban más al puerto, cansadas y en busca de refugio, los pescadores salían en las traineras a remo; estos hombres tenían músculos de acero y remaban como auténticos demonios.

-Vigía, ¿ves algo ya?

El oteador estaba subido en la cofa, lo más alto del palo mayor, y tan sólo estaba por encima de él la “galleta”, un pequeño redondel sujeto al final del mástil.

-Veo a la manada de ballenas tomando rumbo al oeste, patrón.


-Dirígenos hacia un grupo pequeño, ¡venga, hombre, espabila!
En media hora llegaron al grupo de ballenas. Navegar a favor del viento era bastante mejor.

-¡Vamos, soltad los chicotes y bajad a los botes de una puñetera vez!

-Patrón, tenemos a estribor al “Tinín”.

-Este comillano nos tiene cogida la delantera. Vira a babor y busca otra manada, no arríes todavía los bateles.

Toño vio a su amigo en aquel barco ya que era también el vigía del “Tinín”, tenía una vista privilegiada, veía a más de dos leguas de distancia. Se saludaron con disimulo.
Los patrones eran ahora competidores en toda regla y alguna bronca les podría caer.


  

viernes, 24 de abril de 2020

IMAGINA .

Capítulo I
Javier, el patrón, estaba embarcando en su ballenero. Acababan de avisar desde la torre vigía por medio de una hoguera de hierba seca, y el humo era blanco, luego estaban al este. Quizá, esta vez se adelantaran a los comillanos que estaban a mitad de camino entre los dos puertos.

-¡Toño, amarra ese cabo, hombre! -siempre está en las nubes este muchacho.

- ¡Patrón, subimos ya todos los arpones; hace falta algo más de chicote en la barca de Samuel!

-¡Pedro, trae una estacha más larga y ponla en el amarre de proa! Átala bien por si acaso. Sujétala a la bita, no vaya a pasar lo de la otra vez. Por esa causa perdimos la ballena y se la llevaron los de Comillas. ¡Maldita sea!

Eran las primeras horas de la madrugada, pero tenían los faroles llenos hasta los topes de aceite de ballena. La caza duraría muchas horas y la noche les vendría encima; ese combustible no olía ni desprendía humo, así que, los cristales que lo protegían del agua y el viento siempre permanecían limpios.
Toño los había repartido por toda la cubierta del barco y había colocado uno a proa y otro a popa de los bateles. Recordaba sus años de grumete; gracias a ese aceite no tenía que limpiar los faroles en una temporada, siempre y cuando quedara saín.
Con esta grasa licuada de las ballenas se hacía también jabón, igualmente, utilizaban los restos grasos que quedaban en el fondo de las ollas para el engrase de las pastecas de hierro, las cadenas de las anclas o en los ejes y ruedas de los carromatos.
El barco llevaba convenientemente preparados y sujetos dos cabestrantes para cada batel, y con ellos, serían izados de nuevo a bordo, una vez acabada la labor.
Toño estaba nervioso hoy, tenía extraños presentimientos. Posiblemente, vería a su amigo comillano Tinín, pues los barcos del puerto vecino eran avisados por los vigías de sus propias torres y acudirían, como ellos, a la caza de las ballenas.
Estos jóvenes amigos lucían buen aspecto. Morenos, altos, musculosos y de ondulado pelo negro. Tinín tenía los ojos claros. Ambos estaban marcados con visibles cicatrices, causadas durante una pelea que tuvieron de chavales. En ella habían caído por la zona de la Peña Marina y quedaron enredados entre los bardales y el argumal reseco. De allí salieron con las caras y manos arañadas, llenas de hilillos sanguinolentos; sus cuerpos quedaron adornados de moratones y rasponazos. Estuvieron doloridos unos días.
Pasaban gran parte de su tiempo libre en la costa, pescaban erizos, pulpos y caracolillos, esperaban la llegada del buen tiempo para hacerse a la mar.
Imaginaban que serían dueños y socios de dos grandes barcos de cabotaje, repletos de mercancías valiosas, y que cada uno de ellos patronearía una de esas carabelas. ¡Sí, tendrían el palo de bauprés bien asegurado en la roda! Los habían visto hasta de 45 metros de eslora y casi 10 de manga, con tres mástiles, un castillo de proa y otro de popa. Esos eran los que deseaban para ellos. Los de más calado, ya que así podrían transportar en sus bodegas 400 toneles macho, de los llamados cántabros, los más grandes. Al pensar en ello, sonreían ilusionados.
Tendrían una tripulación de treinta y cinco hombres, con tres o cuatro grumetes para repartir mejor el trabajo y se prometían no maltratarlos nunca. Eso sería obligado, pues recordaban los bofetones y patadas que recibían esos muchachos a bordo. Con ese maltrato es algo con lo que ellos nunca estuvieron de acuerdo.
Tinín se encargaría igualmente de comprar las mejores fisgas, cuchillos y los elementos necesarios para desollar y trocear las ballenas, además de los arpones fabricados en Comillas, ya que éste sería uno de los productos que venderían por los puertos dedicados a este tipo de actividad. Se encargarían también del comercio del saín y de la carne de los ballenatos, una vez se subastara en cualquiera de los lugares donde atracaran. El otro barco transportaría los demás productos no perecederos, así, no se impregnarían de los fuertes olores de los ahumados y los salazones.
Comprarían y reservarían parte de esa sabrosa carne curada para celebrar con la tripulación las llegadas a buen puerto, una vez conseguidos los beneficios, y así comerían como los ricos señores y los nobles.

-Toño, ¡despierta, hombre!

-¡Voy!

-Comprueba los cabestrantes y asegura bien los esquifes; el vigía ha visto gran cantidad de ballenas a dos leguas y los de Comillas estarán al quite. Tendremos que salir más afuera.

- Fredo, ¿afilaste el resto de las cuchillas y les aseguraste bien los mangos a las bocas?
Fredo era otro de los arponeros, tenía ya 50 años, pero seguía siendo indispensable; era grande como la torre del castillo, le llamaban “Cachalote”, ya que esa fue su primera pieza arponeada y muerta. Llevaba en una cadena de plata colgada al cuello, como recuerdo, un enorme diente de la boca de aquel formidable animal.

-Sí, patrón, arranchamos también los cestos y las redes en la bodega, sacamos las ollas cerca de las astillas de madera y cargamos el galipote -ese combustible aumentaba la temperatura de las hogueras-.

De este modo facilitarían el trabajo de las mujeres, los muchachos y los ancianos en las labores de cocción y licuado de la grasa, siempre y cuando volvieran con alguna pieza a puerto.

-Berto, ¿lograste las lanzas más largas? Espero que las sangraderas estén mejor canalizadas que la otra vez, mira que hacer sufrir a la presa no nos saca de nada.

-Sí, Javier, todos los aparejos están en orden.

Berto era el único que se dirigía al patrón por su nombre de pila. Ese privilegio lo tenía de obligado cumplimiento. La orden le fue dada desde que en una cacería de ballenas con traineras, cerca de la costa, le salvó de morir ahogado. Berto se lanzó al agua cuando el patrón se vio arrastrado por aquel cachalote herido, que intentaba zafarse del arpón y buscaba con rapidez el refugio en las profundidades; la cuerda se desenrollaba normalmente desde el tinaco, pero se enredó y atrapó la pierna del patrón arrastrándole al fondo. Este tripulante consiguió llegar a él, cortó la cuerda con su puñal y le subió a la superficie. Javier estaba desmayado y sangraba por una herida en la cabeza. Se la había hecho al caer y golpearse contra el grillete de encarrilar el chicote.
El patrón pasó lista de los treinta y ocho hombres y los dos grumetes, era indispensable que no faltara nadie, todos tenían un papel importante en estas cacerías. Dio la orden de partida y saludaron, como siempre, al pasar bajo la ermita de la Virgen de la Barquera. Algunos de los franciscanos recién llegados de Madrid observaban admirados a los barcos que salían al mar.

-¡Eh, chavalucu!, ¿metiste las hachas en los botes?

-Sí, patrón –contestó aquel grumete avispado y trabajador.

Éste tenía el aprecio de la tripulación y siempre llevaba propina de las soldadas y quiñones pagados a los tripulantes, y hasta del patrón, en los repartos de los ingresos por la venta del pescado. Su historia era curiosa, pues le habían recogido desmayado en el camino de acceso a la villa, acurrucado al final del puente, cercano a la cuerda de la campana con la que se llamaba al guarda de la garita, justo a la entrada del fielato.


Es posible que este muchacho recorriera arrastrándose aquellos treinta y dos arcos del puente, del que decían cuando lo acabaron de hacer, que era el puente más largo del reino.
El chico estaba sucio, lleno de piojos, huesudo y asustadizo. “Según contó mi padre, olía a rayos y a barriga de ballena. Es posible que huyera de algún amo sin escrúpulos”. Cuando recuperó algo la salud, dijo llamarse Casiodoro. Contó que le bautizó con ese nombre el párroco del pueblo donde nació, en honor del primer traductor de la biblia del latín al castellano, porque recién nacido estaba lleno de vello y parecía un osezno. Ese libro sagrado tenía en la portada la imagen de un oso, y así quedó bautizada, “La Biblia del oso”, y él, con el nombre del autor.
Tardó en salir adelante. Una vez mejorado le pusieron a vivir al lado de las bodegas, en una cabañita con todo lo necesario. Tenía como tejado la piel de una ballena desecada. Disponía de un cómodo camastro hecho con hierbas y las hojas de aquel fruto amarillo que había traído el tripulante de un barco que viajó a las Américas y al que se las compró el patrón, y a cambio, con ese dinero, estuvo emborrachándose durante un mes, así fue como empeoró su salud a marchas forzadas. Este fruto sobresalía de unas varas en tramos y derechas como lanzas, eran semejantes a las de los cañizales de la orilla de la ría, pero se partían fácilmente. Los llamaban panizos.
Creían en la villa que ese hombre se llamaba Pablo, y murió poco tiempo después a consecuencia de las heridas producidas por la caída del palo mayor en su último viaje, sumado al escorbuto que padecía por la negativa a consumir limón u otros vegetales en ambas travesías americanas.
Todo ello añadido a las borracheras indecentes que pillaba, había originado en su piel llagada, hemorragias, y sus pústulas estaban siempre supurantes y blanquecinas.
El lugar donde vivía emanaba un olor a vino fermentado y a pescado podre. Las moscas llenaban como una nube negra aquel chamizo de troncos.
Las ratas pululaban por las cercanías y entraban en la choza como por su propia casa; alguna vez oyeron sus gritos de dolor cuando le mordían las heridas.
Ni siquiera en el hospital se pudieron hacer cargo de su curación, pues no dejaba de beber e insultaba y maltrataba a todos. Dijeron que tuvo hasta la rabia, pues le salía espuma por la boca.

Cuando murió, le tuvieron que llevar a enterrar envuelto en el mismo cuero donde reposaba, ni siquiera esperaron una hora, ya que su cuerpo se deshacía. Los sacerdotes se negaron a hacerle funerales a un hombre que juraba y tomaba el nombre de Dios en vano. Los enterradores usaron los guantes de unos soldados alguaciles que, habían sido victimas en una tángana entre vecinos, pues incluso tiraron estas valiosas prendas a la tumba, ya que intentaban por todos los medios no rozarse con aquello que creyeron era la peste. Después de ponerle cal viva, recién traída del calero de Entramborrios, lo taparon a más profundidad de lo normal, cercano a la peña, en el exterior del cementerio de la iglesia. Pusieron una señal que indicaba peste y quemaron todas sus pertenencias, incluso, el habitáculo donde murió.
A este fruto traído por Pablo le llamaban panoja, era alargada, de unos quince centímetros, tenía unos granos que les decían maíces, de color del polen de las margaritas. Cada una de las semillas parecían castañas pequeñas y aplastadas, estaban adheridas y muy pegadas entre sí, recubriendo una especie de tolete rasposo, al que llamaron garojo. Cubrieron aquella mezcla de hojas alargadas y hierba seca con una piel de cordero que le proporcionaba calor, todo quedaba convertido en un mullido colchón.
El abrigo para la cama se lo proporcionó el padre de Toño, y consistía en una gruesa manta palentina de lana, que estaba sobrepuesta a unas telas algo bastas que trajo Elías. Este hombre contaba a los muchachos que había sido soldado en los Tercios de Flandes.
Gracias a una recompensa por luchar mucho y bien por aquellas posesiones de Felipe II, podía ahora vivir de rentas. Trajo también una alabarda y una pica que lo menos medía cinco metros.

“Ésta –nos dijo-, se clavaba en el suelo inclinándola, cuando nos atacaba la caballería enemiga, ya que así atravesaba a los caballos o a sus jinetes; asimismo, tenía un arcabuz y un mosquete”. Elías poseía, entre esos tesoros, un casco que parecía un caracol a medio salir, eso sí, lo mantenía brillante como la misma luna. En realidad, fue uno de los sirvientes del campamento con base en Flandes, al cuidado de las armas de Gonzalo de Bracamonte. Todos lo sabían, pero le dejaban vivir con su sueño.
La cabaña estaba construida cercana a las demás, justo al lado del muro que ahora era el cay; en ese lugar atracaban los barcos.
Contó Casiodoro que los primeros días de vivir en ese lugar, salía sobresaltado por los toques de campana de la iglesia y de las llamadas para el trabajo de descabezar y conservar en salazón el pescado. Pasaba mucho tiempo con Toño y con los hijos del patrón, donde aprendió rápido esas primeras labores.





jueves, 23 de abril de 2020

Un regalo, Un Libro

Hoy, Día del Libro y aún en periodo de cuarentena, qué lectura podría ser mejor que uno de los grandes trabajos escritos por una autora innumerables veces premiada.

Orgullo de sus vecinos y amigos... 

IMAGINA,  
de Ángeles Sánchez Gandarillas
Ilustrado por Lengomin


 “A quienes tanto amo ya antes de mi nacimiento;
a quien me ha ofrecido la amistad logrando así la
plenitud en mi vida y, a quien me enseñó a ver la
realidad desde la fantasía”


Prólogo
Imagina es un relato corto que se desarrolla a finales del siglo XVI en San Vicente de la Barquera. La acción comienza con dos amigos adolescentes que, una vez crecidos, consiguieron hacer realidad parte de sus sueños. En aquella época se cazaban ballenas en el mar Cantábrico, con lo que su subsistencia dependía de esa actividad. Los protagonistas, Toño y Tinín, vivieron un presente relacionado con esta pesquería, descubriéndonos los barcos de pesca y cabotaje, las mercancías, facturadas y recibidas en puerto, las herramientas y pertrechos para la caza de las ballenas, el despiece, venta y transporte de las presas, y la vida de los habitantes en el medievo bajo, así como las palabras que se utilizaban y aún se utilizan y que se describen en un vocabulario.
De la mano del ilustrador y artesano, José Ramón Lengomín, asoman a estas páginas las imágenes que mejor definen estos acontecimientos, las naves y aparejos de aquel arriesgado oficio, las viviendas de los pobladores, sus vestimentas y religiosidad, los útiles de madera empleados para el despiece, etc. que sobrepasó la treintena de imágenes, incluidas la portada, contraportada y un marca páginas, espectacular e imaginativo, con los útiles de la caza de ballenas; separa e ilustra los capítulos, incluso, enmarca el número de cada página con una antigua “potá”.
Resumen esta narración un madrigal de veinte estrofas, de Ángeles Sánchez Gandarillas y Flor Martínez Salces. Este poema refleja toda la aventura.

“Ángeles Sánchez Gandarillas, autora de IMAGINA, ha sido premiada en el año 2011, con un accésit en el, II Certamen de Relato Corto, “Entre la tierra y el mar”, de San Vicente de la Barquera”
Este ejemplar está impreso y encuadernado por Nieves Reigadas Noriega en abril del 2012, y la calidad de sus tapas retrotraen a la época donde se desarrolla la historia.

Introducción
Visitaba a un amigo y pude comprobar que estaba haciendo reparaciones en su local de trabajo; pretendía agrandarlo hacia el interior y, para ello, rescataba un espacio que hasta ese momento estaba desaprovechado. Con ese motivo había contratado a unos profesionales de albañilería con la suficiente experiencia en ese tipo de labores.
Al tirar parte del enlucido de la pared que enmarcaba esa habitación, quedó al descubierto un muro antiquísimo, que quizá superara los cuatrocientos años. Los ladrillos macizos se alineaban en perfectas hileras y su rectitud se apoyaba de vez en cuando en vigas de roble y piedras a diferentes alturas. En una de ellas apareció una lampa, o llampa, como él y todos los nacidos en Comillas las llaman; le sorprendió ese hallazgo. Bien podría ser del traslado de las piedras desde la misma orilla del mar, o quizá, fuera original de ese alto donde se encuentra la casa, y si así fuera, habríamos de retrotraernos a miles de años.
-Mira, han encontrado también un hueso.
El hueso parecía un trozo de la parte superior del omóplato; tenía toda la pinta de ser la pieza de la espina o acromion, a la vista de esa particular cavidad.
-Tener en la mano un hueso de tantos años impresiona, al menos a mí, ¿a ti no?

-Sí, además me vuelve loco, imagino mil historias. Como puedes ver hay un hueco que parece una catacumba, puede ser que ahí enterraran al dueño de ese trozo de osamenta…, o a otros muchos.

-Es cierto, está cuidadosamente adornado con piedras redondeadas.
Pudo ser también un lugar donde almacenaran riquezas, o tal vez mapas de tesoros.

-Oye, podrías darme el capricho de escribir una historia de esto, ¿querrías?

-Vale, pero creo que ese hueco pudo ser para esconder el tesoro de un pirata.

Cerró la puerta detrás de nosotros; evitaba de esta manera la polvareda de las viejas paredes encaladas y de la antigua argamasa, compuesta de arcilla y piedra; los albañiles golpeaban y retiraban lo acumulado durante tantos años. Se notaba el olor a rancio de la humedad que había estado almacenada durante siglos entre la doble pared.
Al cerrar, se vislumbraba la luz de las bombillas entre el marco de la puerta y el tabique; esta luminosidad atravesaba las hendiduras en potentes haces de luz que nos daba en los ojos, dañándolos, como si estuviéramos en un interrogatorio. Los operarios necesitaban buena iluminación para trabajar en el interior de aquella panza enladrillada que cada vez estaba más dilatada y llena de polvo en suspensión; parecía como la bruma espesa de un temporal en la costa. Tras nuestra interrupción, se oía de nuevo el martilleo y el constante caer de los desconchados al suelo.
Aquel resplandor parecía querer contarme algo, dirigirme a alguna leyenda de la zona comillana tan cercana de la pejina. Quizá, fueran los relatos de miedo que los chavalillos se contaban en los rincones alejados de los campamentos de verano, amparados desde la atardecida en un saliente rocoso, a la orilla del mar, y alumbrados por una fogata alimentada con pedazos salitrosos de madera de los restos de naufragios, o en su caso, de ramas de las riadas invernales, devueltas a las playas por las mareas, que quedaban amontonadas justo donde permanecía la señal de las pleamares tempestuosas. Estas ramas arderían en la fogata castañeteando con pequeñas explosiones debidas a la sal acumulada en ellas, una vez desecadas con el sol y el aire del verano…