sábado, 16 de febrero de 2013

IV Carta a mi buelu

Querido abuelo:

Como prometí, te escribo de nuevo, aunque casi no me da tiempo, las fiestas llegan seguidas, tengo evaluaciones y saco el tiempo de los recreos. Algún día me tienes que explicar porqué dicen los mayores que el tiempo se va volando, todos parecen verlo; yo, nunca lo vi, ni tampoco logro cazarlo porque supongo que tendrá plumas.

Verás, hubo dos carnavales, el infantil, el viernes, y de mayores, el sábado. Nosotros nos vestimos de Scooby-Doo y su amigo, un perrito de color blanco, y ¡ganamos!, por eso tenemos que ir a la radio a contarlo. Te envío una foto a ver si nos reconoces, je, je, je. También irán a la radio “Velázquez y las Meninas”, que confeccionaron sus trajes con materiales reciclados; “Call Me y Maybe”, “Guerreros cántabros”, “Girasoles”, “Chulapos y gitanas”; “La pija enfermera”, La abeja Maya, “Robín y el policía”, “La seta”, “La banda del terror”, etc. Güelito, parte de esta información la cogí del reportaje de un periodista del Ayuntamiento; yo no me acuerdo de todo.

Ese día de carnaval subimos por una pasarela para que nos vieran, mira, eso sería una buena idea que debieran hacer los mayores. Después de recoger los premios, hubo hinchables para todos y jugamos con Mayas, Blancanieves, Lápices gigantes, y un sin fin de disfraces, todos preciosos. Vi a un Pocoyo de ojos muy grandes, quizá asombrado ante tantos colores y niños, de poco más de un año y saludaba como los reyes, girando las manos; había un angelito rubio de ojos muy claros que perdía alguna pluma y que se movía sin parar. Participaron todos los niños del Ayuntamiento y algunos se disfrazaron en grupo con sus compañeros de clase, y, o, acompañados de los padres.

Lo pasamos muy bien, a pesar de que yo quería ir disfrazado, a la vez, con mis amigos de “Cantabros” que llevaban hasta caballo. Al final salimos con ellos el sábado, y en el carnaval de mayores; éramos 30 y no se acordaron de apuntarse para los premios, que si no, ¡arrasamos!

Ese día estuve muy nervioso y le preguntaba a mamá si ya era hora y ella me decía que cuando anocheciera sería el momento, y yo insistía: Que si mi hermano duerme mucho la siesta, que si yo he visto atardeceres que empiezan a las 4 de la tarde, que si el reloj corre mucho...; es que, abuelo, no quería llegar tarde al pasacalles, que me pareció un río de música y colores lleno de cuentos.

Paseaban lápices de colores y Play móvil gigantes, Emoticones, Marineros -ahí iba mi hermana-, un Paraíso lleno de Adanes y Evas, Médicos, Payasos, Indios, Flamencos, Mariachis, ambulancias, Hippies Animales y un grupo de 9 platos que se llamaba Menú, y hasta llevaban a alguien para comerlos.

Hubo muchos premios, sólo me acuerdo del de la murga, Barquera Paradais, la carroza, Fantasía Disney, y los premiados, Tierra de maíz, MacDonald y Boda gitana. El individual fue para Pasatiempos. Ese era muy vistoso.



Pues verás, abu, tuvimos que subir tres pisos hasta la emisora de radio y era curioso, sus timbres no sonaban, daban luz. Me explicó papá que era para que no los oigan los oyentes a través del micrófono. En los cristales y en la pared vimos un logotipo con la silueta de un pájaro que canta y le sale de la boca el nombre de la emisora, “Onda Occidental”. Las paredes están llenas de pósters de muchos cantantes de aquí, las mascotas de San Vicente, Sinciu y Andancia, fotos del locutor, que debe de ser el jefe, alto y de pelo sin color, porque le veo en todos sitios entrevistando y transmitiendo eventos de esos; hay bufandas de equipos de futbol, chupetes con dos tetinas, calendarios y una especie de pecera de cristal donde están los locutores. ¡Ah, y una vela que huele raro! Cuando llegamos, se levantaba del sillón otro presentador, moreno que llevaba perilla; le iría muy bien disfrazarse de príncipe azul. Tras él, se sentó una locutora muy guapa; me pareció algo mayor para llevar aparato en los dientes, lo menos tenía 27 años. Era alta y muyyyy delgada, tanto como yo. Tenía el pelo rubio y la mirada dulce, parecía un hada buena, se reía siempre y se notaba que le caíamos bien.

Por delante de la pecera había una mesa redonda donde nos sentamos delante de 5 micrófonos amarillos y cascos para las orejas que nos pusimos, parecíamos astronautas y pesaban bastante; esperamos en silencio a que la locutora preguntara.

Curioseando, reparé en una especie de guijarro gigante, parecía un poliedro de 4 caras de los de clase de geometría y que no hay quien le saque el área, tan grande como media caja de galletas, aguantaba la puerta de la cristalera que los resguardaba de los ruidos. A lo mejor era algún fósil gigante o, simplemente, para que nadie se la lleve; palabra abuelo, que nadie lo hará. Son originales a “tope” con ese tope, sonrío. A lo peor es por eso de la crisis. Tropecé con ella y me hice mucho daño. Había una piedra parecida que aguantaba la portilla de tu casa en el pueblo, ¿te acuerdas? 

La locutora buscaba papeles y tocaba botones constantemente, le sonaba el teléfono de luz, el móvil, hablaba con nosotros, buscaba música de carnaval para poner de fondo, vendía papeletas para un concierto en el Auditorio... Jamás supe de nadie que pudiera hacer tantas cosas a la vez, incluso, aprendió nuestros nombres a la primera. Debe de ser muy lista; es periodista y me dijo una amiga de mamá que escribe bien

Hablamos de lo contentos que estábamos por los premios, de las vacaciones, y también de lo que pasó en la playa del Pájaro amarillo; eso te lo contaré en la próxima carta.

Sara hizo un resumen de los carnavales de los mayores y me preguntó lo que me parecieron. Le dije que fueron mejores los nuestros, je, je, je, pero que hubo mucha gente repartida en grandes grupos y que tenían una carpa donde refugiarse del frío. Dentro de la carpa estaban el locutor jefe y el que parece un principito, y además ese, (chisss, no digas nada, pero he averiguado que hizo fotos del carnaval y de las marejadas), con una disco-móvil animando todo el tiempo.

Mira abuelo, ya me cansé de escribir, me duele la mano y el Boli quema. Creo que me he pasado. Solamente te diré que el carnaval es un sueño de todos los cuentos que tú me lees y me cuentas, con personajes de mi tamaño. Es como si la fantasía se convirtiera en realidad. Solo hubiera faltado que las bocas de los incendios hablaran como en las películas de Disney.


Un abrazo entero, como el que hace un remolino del nordeste. Otro de mis hermanos.

H
Ángeles Sánchez Gandarillas
15-II-2013

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