domingo, 3 de febrero de 2013

III Carta a mi buelu

Querido abuelo:

Te voy a contar como terminó el día de la Feria de enero. Recuerda que estábamos en la Torre del Preboste. Allí esperamos a las ocho para la celebración anual de la gala AFODEB, que es una asociación empeñada, desde hace varios años, en extender y sacar adelante esta festividad, por su tradición y por ser el día del patrón, San Vicente Mártir. El Auditorio Municipal tenía ambiente folclórico, pero también se iban a entregar los premisos de los sorteos, diapositivas e incluso, trajeron la actuación de un mago muy importante.

Me gustó y no me aburrí nada. Los espectadores estaban muy a gusto, no se querían ir cuando se dio por finalizado el espectáculo, pues faltaba que subiéramos todos a tocar, cantar o simplemente, lucir los trajes aunque no se tocaran instrumentos. Debió de pasar eso que dice los mayores, que el tiempo vuela y todos queremos alcanzarle.

Presentaba un locutor de aquí, muy alto y con el pelo completamente blanco, y abrió el acto la Escuela Municipal de Folclore, demostró sobradamente, por medio de sus alumnos, que las enseñanzas eran aprovechadas. Fuimos subiendo alternativamente al escenario, vestidos con nuestros trajes típicos y con sonrisas, que eso también luce mucho además, estar contento es bueno.

¿Sabes que tocamos los dos más jóvenes?, el gaitero tiene 12 años y como sabes, yo tengo 8 y he sido muy aplicado, en sólo tres meses lo hago muy bien. Aplaudieron a rabiar y me emocioné un poco.

Salio a escena el numeroso grupo de gaiteros. Las gaitas, con el conjunto del roncón, puntero, copa, ronquillo y soplete, me parecieron las antenas de sabrosos mariscos. Tenían los fuelles “vestidos” de colores diferentes, a juego con los flecos y borlas; sus indumentarias se complementaban de chalecos coloristas y brillantes, botas de piel, fajines de seda que sujetaban los amplios pantalones de mahón y se vestían también de sus ojos, llenos de un orgullo tan grande como las mangas de sus amplísimas camisas. Sentí, mientras escuchaba las gaitas, que estaba en un ocaso enrojecido de viento sur, en lo alto de un monte acariciado por todos los vientos que hacían músicas apacibles y acompañados de gatos que ronronearan mi lado. Si, quizás los gaiteros cantabros fueran los que crearon los vientos de nombres irreconocibles para los que aquí llegan. Y los que tocamos el tambor, esmerados en nuestro quehacer, nos temblaban las manos en los repiques, aguantando estoicamente el eco en sus barrigas, centrados en cada nota y en esa sensación de la resaca del oleaje donde se oye en un sonido lejano, el deshacerse de la espuma, lentamente... Los tamborileros cantabros debieron ser quienes crearon las tormentas que resuenan en los cielos y mares, el sonido de las cascadas de agua de los ríos caudalosos, o los ecos que nacen entre montañas, y que mansamente, suavizamos la fuerza que imprimimos a las baquetas en su enérgico tropiezo con la piel tirante; sí, es una firmeza que siempre controlada, parece ser un padre, a veces disciplinado y a veces, cariñoso.

Luego les tocó el turno a las más jóvenes, casi todas niñas, de las pandereteras y después tocaron con las 8 mayores y la profesora. Según me dijo un espectador, había 7 zurdas. Llevaban el ritmo tan uniforme que creí viajar relajado en un tren de vapor, nadie se salía ni un tono, y las voces, a veces delicadas, me sonaron a nana, a cariño, a cocina de madera y a los cuentos de las Anjanas. ¡Qué guapas estaban con el traje típico!

Salieron al escenario el grupo de dulzaineros más numeroso de Cantabria, y sonaba a gloria bendita, a tiempos donde se vivía en casas de madera, o cuando la mar entraba por encima de la plaza mayor y a juglares que animaban un banquete de bodas, o a carrozas y espadas, a montañas y bosques de robles...; les acompañaron tambor y pandereta. Una de las niñas y su hermano, tocaban todos los instrumentos, menos el tambor.

Subieron los 6 rabelistas, entre ellos, la niña de 10 años que te antes y el profesor. Estaban ataviados con el traje típico y su boina, de la que sobresalía a contraluz el rabillo. Parecían venir de otros siglos, era una escena con sabor a bisabuelos. Sus movimientos estaban calcados, sobre todo el de dos hermanos, se mimetizaban de tal forma, que hasta sus amplias camisas bailaban iguales en el ir y venir de sus arcos; todo el mundo quedó hipnotizado con las notas y las letras de las canciones que acompañaban el rabel, sus voces claras y fuertes, llenaban el techo del Auditorio Municipal y nos rozaban en los asientos, acomodando nuestros cuerpos al respaldo, atentos a su bien hacer, a esa emoción de lo ancestral...

En cada instrumento, e incluso en otros distintos como la flauta travesera, participaron todos los profesores.

Finalizaron con bailes montañeses diferentes. Por cierto, muy bien ejecutados. 

Hubo una exposición de diapositivas de las festividades, actos deportivos y culturales, de los logros conseguidos hasta ahora en el municipio, acompañado de una agradable música, y un sorteo para todos los asistentes que fue aportado por los socios de AFODEB.

Bueno abuelo, otro día te cuento más cosas. Intentaré escribirte más a menudo.

Un abrazo tan grande como el mundo.
H
P.D.: Otro abrazo de mis hermanos.

Ángeles Sánchez Gandarillas
Febrero de 2013



1 comentario:

  1. Eres mi nieta preferida, pues ninguna otra me cuenta tan bien las cosas del pueblo como me las cuentas tú. Yo aquí, desde el cielo, no veo muy bien lo que pasa ahí abajo, pues ya sabes que morí a punto de operarme de cataratas, por lo que no veo muy bien, y ahora peor pues estamos en invierno y siempre se interponen esos nubarrones cargados agua. Pero no me importa, porque tus cartas me llegan puntuales, y me lo paso muy bien leyéndolas, Así que espero la siguinte contándome algo de los carnavales. Esa noche me asomé, pero no te ví, aunque sabia muy bien que ibas entre los disfrazados.

    ResponderEliminar